Marta Colvin Andrade

Marta Colvin Andrade

septiembre 2019 0 Por Huellas

Fue una de las grandes escultoras chilenas. Manejó con gran destreza las técnicas de la talla en piedra, el vaciado en bronce y el desbaste en madera.

Nació en Chillán el 22 de junio de 1917. Fue la profesora de artes plásticas del Liceo de Chillán, Noemí Mouges, quien inició a Marta Colvin en el aprendizaje de la escultura. El terremoto de 1939, que desplomó casi por completo a su ciudad natal y otras localidades de la región, la llevó definitivamente a Santiago, aunque ya en 1937 había ingresado a la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile, donde pocos años después comenzó a desempeñarse como profesora auxiliar del taller de escultura.

En 1948 viajó becada a París, para continuar con su formación artística en la Academia Grand Chaumiere y La Sorbona. Estudió con el escultor ruso Osrip Zadkine y asistió a los cursos de estética dictados por el profesor Souriau. Durante su estadía en Europa, Colvin visitó los principales museos y centros artísticos de Italia, Francia, Bélgica e Inglaterra.

En 1950, la artista retornó al país, reasumiendo la cátedra de profesora auxiliar del taller de escultura. Al año siguiente, recibió la invitación del British Council para cursar estudios en la Stade School de la Universidad de Londres. Durante esa estadía en Europa trabajó con el escultor J. E. Mc William y se vinculó con el crítico de arte inglés Henry Moore, del cual fue alumna y amiga. Moore supervisó sus estudios y le enseñó a valorar la tradición cultural precolombina. Marta Colvin vivió más de 30 años en Francia y volvió a Chile para ejercer la docencia y continuar su producción plástica.

En 1959, la escultora fue seleccionada para participar en la exposición al aire libre que se realizó en los jardines del Museo Rodin, en París. Pero su consagración internacional no llegó sino hasta 1965, cuando recibió el Primer Premio de Escultura en la VIII Bienal de Sao Paulo. En noviembre de 1970, fue condecorada con la medalla del Congreso Nacional, por sus méritos artísticos. Ese mismo año, recibió el Premio Nacional de Arte, por el carácter americanista de su obra.

La artista manejó con gran destreza las técnicas de la talla en piedra, el vaciado en bronce y el desbaste en madera. Las figuras humanas de sus comienzos evolucionaron hacia un estilo que intentó representar las fuerzas elementales de la naturaleza, despojando la superficie de la escultura de todo elemento figurativo. Más tarde, bajo la influencia de Moore, Colvin viajó por América estudiando las culturas precolombinas, y al absorber las formas esenciales de las antiguas obras, alcanzó un sello particular, hacia 1960.

Esta identidad de su creación se caracteriza por la reunión de varios bloques ensamblados entre sí, que levantan la obra en sentido vertical y la expanden en sentido horizontal, generando tensión. Las superficies fueron marcadas con incisiones profundas que acentúan las direcciones del volumen, así como sus ritmos y tensiones. Con estos trabajos de su tercera etapa, Colvin cita el paisaje de la cultura andina, y también el mito, el misterio y la magia, elementos todos que cruzan su obra bajo un particular sentir, que ella misma manifestó cuando dijo: “Todo lo que hago está marcado por el espíritu sudamericano.”

Marta Colvin falleció en Santiago, en octubre de 1995.