La literatura en la Colonia

La literatura en la Colonia

enero 2019 0 Por Huellas

Durante el período colonial, los autores que escribieron sobre Chile fueron principalmente soldados y clérigos que publicaron sus obras en Europa, sobre todo en España e Italia. Dentro de esta etapa, deben distinguirse los escritores de la Conquista y de la guerra de Arauco, de los del período colonial propiamente dicho (siglos XVII y XVIII).

La entrada del Reino de Chile en el mundo de las letras se produjo a través de Alonso de Ercilla y Zúñiga, soldado español que llegó al país en los primeros años de la Conquista y cuya obra es reclamada como propia tanto por la literatura española como por la chilena. De antepasados vascos, vio la luz en Madrid; al cumplir quince años se incorporó como paje al servicio del príncipe Felipe, lo que le permitió recibir una educación esmerada y viajar por Europa, acumulando conocimientos y cultura. En 1555 acompañó a Felipe II a Inglaterra, adonde éste se dirigía a contraer matrimonio con María Tudor. Estando allí tuvo conocimiento de la muerte de Pedro de Valdivia y de otras noticias relativas a Chile y Perú. Se vio entonces atraído por la aventura americana y de regreso a España solicitó permiso real para incorporarse a la expedición de Jerónimo de Alderete, que había sido nombrado adelantado en Chile.

Tras el largo viaje a través del Atlántico, el Caribe, el istmo panameño y la costa del Pacífico, Ercilla llegó a Lima. Allí se formó una expedición de seiscientas personas que, a bordo de diez naves, abandonaron el Callao con destino a Chile el 2 de febrero de 1557. La expedición se detuvo en La Serena, para continuar luego hasta la isla Quiriquina, llamada Talca por los aborígenes.

Ercilla permaneció en Chile apenas un año y medio, casi todo el tiempo absorbido por la guerra de Arauco. Conoció la reconstrucción del fuerte Tucapel, donde había encontrado la muerte Pedro de Valdivia; la expedición fundó Cañete y repobló Concepción por tercera vez. En febrero de 1558 fue capturado y ejecutado el cacique Caupolicán, lo que disgustó profundamente a Ercilla, quien participó más tarde en la fundación de Osorno y pasó a formar parte de un viaje de exploración hacia el sur.

A su regreso a La Imperial, cuartel de descanso español, se vio envuelto en pendencias con otro oficial. El gobernador García Hurtado de Mendoza lo desterró de Chile, y tuvo que abandonar el territorio a finales de febrero de 1559, un año después de la ejecución de Caupolicán. Tras un paréntesis en Lima, en 1563 regresó a España; en total (incluyendo el año y medio en Chile) su aventura americana había durado en total seis años. Una vez instalado en la península, contrajo matrimonio con doña María de Bazán y se dedicó a administrar su patrimonio y a viajar por razones de Estado al servicio de Felipe II.

En 1569 la aparición de su poema épico LA ARAUCANA, cuya primera parte estaba dedicada al rey Felipe, constituyó un éxito. La obra fue acogida con entusiasmo, lo que estimuló a Ercilla a publicar diversas reediciones de la primera parte y redactar una segunda, que dio a la imprenta en 1578. Con la celebridad también llegó la pesadumbre: García Hurtado de Mendoza, que había regresado a España, estaba resentido por no ser el héroe del poema; en consecuencia, intrigó contra el poeta en círculos influyentes. A esto debe agregarse la muerte de su hijo Diego. La creatividad de Ercilla se resintió y la tercera parte de LA ARAUCANA, publicada en 1589, es mucho más breve que las anteriores. En 1590 la obra entera, con sus tres partes, fue editada en un solo volumen. Poco después moriría el poeta.

El primer escrito sobre Chile

LA ARAUCANA es la primera gran obra literaria escrita en Europa sobre un tema americano; en consecuencia, esta crónica sobre la campaña del Arauco también fue la primera sobre Chile. El poema relata las luchas sostenidas entre araucanos y españoles, comenzando por una descripción del lugar y las costumbres de los indígenas, a los cuales alaba por su capacidad organizativa y su valentía; de esta manera el mérito de los españoles es notable, ya sea en la victoria o en la derrota.

El discurso narrativo sobre la guerra es aliviado, de tanto en tanto, por disquisiciones poéticas sobre asuntos tan dispares como la descripción de ciertas ciudades europeas o los dramas amorosos de algunas mujeres mapuches. En los versos, el tono autobiográfico se combina, siguiendo la tónica renacentista de su tiempo, con ciertas reflexiones de carácter moral acerca de las relaciones humanas. Por último, el poeta rinde culto a la religión añadiendo tintes providencialistas a la narración de los hechos, introduciendo algunos augurios de origen divino: el favor o el rechazo del cielo, al premiar o castigar a los españoles, les conducía sucesivamente a la victoria o a la derrota. En este esquema prevalece una estructura que recuerda la de la poesía épica griega, y muy en especial a Homero.

Una particularidad llama la atención en LA ARAUCANA y es que su autor no dedicó grandes elogios a “los héroes”. Es cierto que cita a Valdivia, Hurtado de Mendoza y Villagrán por la parte española y a Lautaro y Caupolicán, entre otros, por la parte mapuche; pero los verdaderos protagonistas son los pueblos, el español y el mapuche. Esta forma de presentar la odisea araucana fue lo que provocó la cólera de Hurtado de Mendoza.

Otro elemento destacable es el rigor histórico. Estamos ante una auténtica historia en verso, que refiere no solo a los viajes de Almagro y Valdivia, sino también la ocupación incaica. Este rigor cede ante la fantasía cuando se trata de describir hechos de los que el autor no tuvo conocimiento directo, tales como la batalla de Tucapel, donde murió Valdivia junto a todos sus compañeros, o las asambleas mapuches, particularmente la relativa a la elección de Caupolicán.

Una carencia muy significativa es la descripción del territorio. Aunque en algunos versos realiza una bella y apretada síntesis descriptiva de Chile, a continuación, parece ignorar deliberadamente el paisaje. Es extraño que un hombre de Castilla, culto y sensible, no se sintiera lo suficientemente emocionado por las selvas araucanas o los volcanes cubiertos de nieve como para reflejarlos (como sentimientos) en sus poemas; el ideal renacentista de “El hombre es la medida de todas las cosas” parece haberse impuesto en el pensamiento del poeta.

El poeta elogioso

Pedro de Oña nació en Los Infantes de Angol y, por lo tanto, puede considerárselo como el primer poeta chileno. Su padre, Gregorio de Oña, murió en la guerra de Arauco y su madre, Isabel de Acurcio, contrajo nuevas nupcias con un personaje prominente, pariente político de Hurtado de Mendoza. Este segundo matrimonio de su madre benefició la carrera del poeta, quien pasó a Lima para estudiar en el Real Colegio de San Martín y, más tarde, en la Universidad de San Marcos. Fue apoyado y becado por el mismo Hurtado de Mendoza, de modo que en 1596 se graduó de bachiller en Lima; el mismo año de la publicación de ARAUCO DOMADO, su obra clave.

ARAUCO DOMADO, si bien recibió la influencia de Ercilla, está lejos del planteamiento de LA ARAUCANA. En sus páginas se alaba sin pudor ni medida el valor del conquistador español en la guerra de Chile, en especial las hazañas de García Hurtado de Mendoza. Se supone que fue este último quien encargó este extenso poema de carácter épico para de este modo contrarrestar el “olvido” que de sus cualidades se hacía en LA ARAUCANA. Cuando el virrey Hurtado abandonó el Perú, sus enemigos se cebaron en Pedro de Oña; el poema fue prohibido y el poeta denunciado por algunos pasajes, que fueron considerados difamatorios por el deán del arzobispado de Lima, Pedro Muñiz. Por si fuera poco, el poeta enviudó y tuvo que hacerse cargo de sus cinco hijos. El nombramiento político de corregidor de Jaén de Bracamoros, con que le había recompensado Hurtado de Mendoza, fue suspendido y Oña tuvo que volver a Lima, donde se procuró sustento como lancero, pasando graves apuros económicos.

ARAUCO DOMADO se reimprimió en Madrid en 1605. Posteriormente, en 1609, aparecía en Lima el poema El temblor de Lima, al tiempo que la situación personal de Pedro de Oña mejoraba al recibir el nombramiento de corregidor de Calca, lo que le animó a contraer nuevo matrimonio con Beatriz de Rojas. En 1630 publicó Canción real y en 1639 daba a la imprenta una nueva obra, dedicada a la Compañía de Jesús ya su fundador, titulada Ignacio de Cantabria. Otro poema extenso de aquellas fechas salido de su pluma fue El Vasauro. Se cree que falleció en 1643.

Los cronistas de Chile

En la misma línea de otros cronistas de Indias, Chile tuvo sus propios autores, gentes que describieron sus tierras tal como eran vistas por los españoles. El valor literario de estas obras es desigual, aunque destacan el de Gerónimo de Bibar y otros como Alonso de Góngora Marmolejo y Pedro Mariño de Lobera.

Natural de Burgos, Gerónimo de Bibar llegó Chile con la expedición de Valdivia. Su obra, terminada en 1558, recibió el nombre de CRONICA Y RELACION COPIOSA Y VERDADERA DE LOS REINOS DE CHILE. Este texto permaneció inédito hasta entrado el siglo XX. En 142 capítulos el autor hace una relación de los hechos que sucedieron en Chile entre 1538 y 1558, pero su interés trasciende el tema histórico al destacar en sus descripciones el valor del medio natural y los aborígenes.

La CRONICA… fue publicada en Chile en una edición facsímil del Fondo Histórico y Bibliográfico José Toribio Medina.

Los siglos XVII y XVIII

Durante el siglo XVII la literatura chilena dependió sobre todo de escritores religiosos, siendo particularmente destacables las obras de algunos jesuitas.

Alonso de Ovalle

Nacido en Santiago, estaba destinado a ser el primer prosista de la literatura chilena propiamente dicha. Estudió en el Colegio de San Miguel de la Compañía de Jesús, ingresó en el convento de la orden en 1618, trasladándose después a Córdoba (Argentina) para hacer el noviciado. Ya ordenado sacerdote, tras ejercer como rector del Colegio de San Francisco Javier fue enviado a España en 1641 con la misión de reclutar jesuitas para Chile. Durante este viaje residió en Sevilla y Salamanca, desplazándose después a Italia. En sus viajes, Alonso de Ovalle tomó conciencia de la gran ignorancia que en Europa existía sobre todo lo concerniente a Chile. Este desinterés inhibía las vocaciones para ejercer el ministerio sacerdotal en su país, lo que motivó la decisión de escribir un libro descriptivo que sirviera para informar sobre el Reino de Chile.

En 1646 se publicaba en Roma, en dos versiones, italiana y española, la que sería su magna obra: HISTÓRICA RELACIÓN DEL REINO DE CHILE Y DE LAS MISIONES Y MINISTERIOS QUE EJERCITA EN EL LA COMPAÑÍA DE JESÚS. El resultado fue satisfactorio en cuanto a la idea que lo inspiró, pues en 1650 pudo regresar a Santiago acompañado por otros dieciséis sacerdotes. Pero su salud estaba muy quebrantada y se resintió durante el viaje de regreso; al pasar por Panamá se agravó notablemente por lo que hubo de ser desembarcado en la costa peruana y llevado por tierra a Lima, donde falleció en 1651.

La HISTÓRICA RELACIÓN DEL REINO DE CHILE se publicó acompañada de abundantes ilustraciones, con planos, retratos de gobernadores de Chile, vistas de ciudades, etc. En 1704 fue traducida al inglés e impresa en Londres en forma reducida. La primera edición chilena hubo de esperar hasta el año 1888. En 1969 el Instituto de Literatura Chilena publicó una edición facsímil.

La obra está dividida en ocho “libros”. El primero y el segundo están dedicados a la naturaleza y propiedades del medio físico. El tercero, a una descripción de la población. El cuarto y el quinto se refieren a la llegada de los españoles y a la conquista del reino. El sexto describe la continua guerra con los araucanos. El séptimo habla de los inicios de la orden jesuítica en Chile para culminar en el libro octavo, el más largo, que trata de la implantación de la Compañía de Jesús.

Diego de Rosales

Contemporáneo de Ovalle, el padre Diego de Rosales fue otro jesuita nacido en España. Natural de Madrid, fue enviado como misionero a Chile en 1629. Viajó mucho por el país y cruzó tres veces la cordillera andina. Cuando era rector del colegio que la Compañía tenía en Concepción, fue llamado a Santiago para ejercer como prelado superior de la orden en Chile. Continuó viajando a Cuyo e inclusive por mar a las islas Juan Fernández y Chiloé; en esta última los jesuitas tenían reducciones indígenas. Su obra cumbre literaria fue la HISTORIA GENERAL DEL REINO DE CHILE. FLANDES INDIANO, compuesta por diez libros de treinta capítulos cada uno y publicada en dos volúmenes. Es una obra histórica, aunque los dos primeros capítulos están dedicados al medio físico y la descripción de los aborígenes. Otra obra suya es MANIFIESTO APOLOGÉTICO DE LOS DAÑOS DE LA ESCLAVITUD EN EL REINO DE CHILE.

Francisco Núñez de Pineda

Nació en Chillán. A instancias de su padre, se hizo soldado y participó en la guerra de Arauco, en la que fue hecho prisionero por Maulicán, cacique de Repocura. Liberado en un canje de prisioneros, regresó a Chillán en 1629. Desde entonces su vida estuvo sometida a diversos avatares de la fortuna, ya que, aunque trató de obtener algún cargo bien remunerado, fue sistemáticamente relegado por otros candidatos que gozaban de más apoyo. En 1665, gracias a la mediación del obispo de Santiago ocupó empleos de mejor renta en Arica, de 1667 a 1672, y en Valdivia, de 1673 a 1675. Murió en 1680, poco después de que el virrey del Perú le otorgara el mejor destino de su carrera, el corregimiento de Moquegua.

Su principal obra literaria es CAUTIVERIO FELIZY RAZÓN INDIVIDUAL DE LAS GUERRAS DILATADAS DEL REINO DE CHILE (escrita hacia 1650, aunque no publicada hasta el siglo XIX). Su texto no corresponde exactamente con una relación histórica, ya que el autor introduce una trama argumental y diálogos, que lo convierten en un protonovelista chileno. Su postura ante la guerra de Arauco fue comprender las razones de los indígenas para sublevarse, atribuyendo su resistencia a las crueldades e injusticias cometidas por los españoles.

Otros autores del siglo XVII

Si bien Ovalle, Rosales y Núñez de Pineda son los autores que llenan las letras del siglo XVII, hubo otros escritores de talento que es justo recordar. Diego Arias Saavedra, el autor de PURÉN INDÓMITO, fue, al igual que Ercilla o Núñez de Pineda, un soldado-intelectual, que llegó a ser alcalde de Chillán y corregidor de Colchagua. Otro guerrero-escritor fue Alonso González de Nájera, natural de Cuenca (España), llegado a Chile en 1601. Sirvió como maestre de campo y regresó a España en 1607, donde escribió el DESENGAÑO Y REPARO DE LA GUERRA DEL REINO DE CHILE.

El siglo XVIII

El siglo XVIII es el del neoclasicismo, corriente que impregnó tanto la creación literaria como la pictórica y escultórica. Aunque el período de la Ilustración sirvió para dar forma a la sociedad culta chilena, no se puede decir que el siglo fuera particularmente fructífero en cuanto a los ingenios literarios: la poesía de calidad brilló por su ausencia, lo mismo que las obras dramáticas y la narrativa. Sin embargo, en este relativo desierto literario es justo citar algunos autores, entre los que sobresalen Juan Ignacio Molina, naturalista y autor de una gran COMPENDIO DE HISTORIA GEOGRÁFICA, NATURAL Y CIVIL DEL REINO DE CHILE, seguido de Manuel Lacunza y Miguel de Olivares, los tres miembros de la Compañía de Jesús.

Juan Ignacio Molina nació en el seno de una familia humilde. Estudió en Talca y Concepción, ingresando en la Compañía de Jesús a los 15 años de edad, donde inició su formación en humanidades, filosofía y teología. Durante su segundo año de teología, el rey de España ordenó la expulsión de América de la Compañía, por lo que el joven Molina tuvo que radicarse en Bolonia (Italia). Aunque en 1814 se autorizó nuevamente el regreso a América de la Compañía de Jesús, Molina continuó en Italia, donde falleció. Su primer trabajo importante fue su COMPENDIO DE HISTORIA GEOGRÁFICA, NATURAL Y CIVIL DEL REINO DE CHILE. Impresa en italiano en 1776, fue traducida al español por Domingo Joseph de Arquellada. Molina rehízo su obra en 1782 ampliándola, con el nuevo título de ENSAYO SOBRE LA HISTORIA NATURAL DE CHILE; la primera edición chilena corresponde a 1878.

Manuel Lacunza, nacido en Santiago, ingresó a los jesuitas y sufrió la expulsión de Chile, residiendo desde entonces en Italia. Su vida estuvo marcada por las privaciones y por el dolor de la patria lejana, mostrando en sus cartas la profunda añoranza de su familia y de su país. Su obra más famosa pertenece a la teología: LA VENIDA DEL MESÍAS EN GLORIA Y MAJESTAD.

Miguel de Olivares fue el tercer jesuita que en territorio chileno cultivó con mérito las letras en el siglo XVIII. En 1733 ingresó en el noviciado de la Compañía de Jesús y a partir de 1740 ejerció de misionero en Cuyo y en el sur de Chile. En la ciudad de Chillán, en 1758, comenzó a escribir su HISTORIA MILITAR, CIVIL Y SAGRADA DE LO ACAECIDO EN LA CONQUISTA Y PACIFICACIÓN DEL REINO DE CHILE, y la concluyó en 1762. En 1768 sufrió la expulsión de los jesuitas y embarcó rumbo a Italia, donde falleció. El valor histórico de la obra de Miguel de Olivares no se considera muy elevado, pues apenas fue un recopilador de autores anteriores a él, pero destaca el tratamiento costumbrista de algunas de sus páginas y la descripción precisa de ciertas regiones de Chile.