La leyenda del Calafate

La leyenda del Calafate

mayo 2019 0 Por Huellas

Muchísimos años antes de que los blancos llegasen a romper la paz y el encanto magallánicos, maravillosa tierra de pampas, montañas, glaciares, fiordos, canales y bosques milenarios, habitaban allí dos grupos de gentes vigorosas y apuestas: los tehuelches (aonikenk) y los onas (selk’nam).

El jefe tehuelche tenía una hermosa hija, Calafate, orgullo y dicha de su padre. Poseía ojos grandes y hermosos, de un extraño color dorado, y era toda bella como el amanecer. Un día, acertó a llegar al aiken (campamento/aldea) de Calafate un joven ona que había cumplido la edad de klóketen (ceremonia de consagración de los onas en su mayoría de edad). Era alto y apuesto, e iba vestido con un bello quillango, manta hecha de piel de guanaco. El joven ona y Calafate se enamoraron, aún sabiendo que sus tribus no aceptarían esa unión. Pero como su amor era más fuerte que todo, decidieron huir y vivir solos y felices en el wigwan (choza hecha de piel de guanaco) que harían en Onaisin.

Pero alguien descubrió los planes de los enamorados y los denunció al viejo jefe tehuelche. Éste supo que el gualiche (dios maligno para los tehuelches), había embrujado a Calafate instándola a huir con un ancestral enemigo de su tribu.

Encolerizado, el jefe llamó a la chamán de su tribu y le ordenó frustrar la huida de la pareja, hechizando a Calafate. Habría de convertirla en algo extraño, hermoso e inalcanzable, pero permitiendo al mismo tiempo que sus bellos ojos siguieran contemplando el aiken que la vio nacer.

La chamán caviló y caviló. Miró en torno suyo como buscando inspiración a nombre de Calafate. Fue así como la chamán embrujó a la bella joven y la convirtió en arbusto. Y cada primavera el calafate se cubre de flores de oro, que son los ojos de la niña tehuelche, que contempla la tierra bella y salvaje donde conoció a su amado. El joven ona jamás pudo encontrar a Calafate, pese a buscarla por todos los rincones de la región. Al sentirse para siempre aislado de su amada, murió de pena.

Entretanto la chamán, pesarosa del mal que había hecho a los amantes, hizo que las flores del calafate, al caer, se convirtieran en un dulce fruto purpúreo: es el corazón de la bella tehuelche. Todos los que comen de este fruto caen bajo el embrujo de Calafate, como ocurrió con su amante ona, y aunque vivan en otros lugares el hechizo continúa, y son atraídos por un extraño magnetismo al aiken que hoy se llama Punta Arenas.