La “Cuestión Social”

La “Cuestión Social”

octubre 2019 0 Por Huellas

La expansión de la industria salitrera y la diversificación de actividades económicas en las ciudades (con la instalación de frigoríficos, industrias y artesanos en general) fue conformando un amplio y nuevo grupo social constituido por obreros y empleados.

Ni la infraestructura de las ciudades ni la voluntad de la clase política y los patrones estaban preparadas para acoger y enfrentar adecuadamente los problemas sociales de estos emergentes conglomerados humanos. La llamada “cuestión social”, nombre genérico que se dio al conjunto de desigualdades, injusticias y carencias que sufría la población trabajadora, generó un alto grado de descontento y una amplia movilización nacional de los desposeídos en demanda de mejores salarios, leyes de protección y medidas para abaratar el costo de los alimentos.

En 1903, bajo el gobierno de Germán Riesco, estallaron violentas y prolongadas huelgas de los estibadores y obreros de los frigoríficos de Valparaíso, a las que la autoridad respondió con la represión de los manifestantes y la relegación de sus dirigentes. Para octubre de 1905 la “cuestión social” presentó una nueva explosión de descontento, esta vez en Santiago, cuando los habitantes pobres y de clase media de la ciudad salieron a desfilar por la Alameda de las Delicias, solicitando la rebaja del impuesto que gravaba el ganado argentino. La internación de carne transandina con precios más bajos para el público favorecía a los sectores populares, pero era una competencia que los especuladores agricultores chilenos no podían tolerar. Usando sus influencias políticas y familiares, éstos habían logrado que el presidente Riesco aumentara dichos impuestos para imposibilitar su importación.

Cerca de 30.000 personas marcharon pacíficamente y se instalaron alrededor de La Moneda. El temor y la incomprensión de los sectores aristocráticos que vivían en las manzanas contiguas los llevaron a solicitar a la policía que disparara contra los manifestantes. Durante casi una semana la violencia se instaló en el centro de la ciudad; quienes protestaban quemaron un gran número de tranvías y destruyeron la llamada fuente de Neptuno. Se trataba de una enorme representación escultórica ubicada frente a la calle Dieciocho en la Alameda, y considerada un símbolo para los jóvenes y muchachas de la aristocracia, quienes realizaban a su alrededor los primeros pololeos. A su vez, se estima que fueron asesinados cerca de trescientos manifestantes, muchos de ellos a causa de la participación de las llamadas “guardias blancas” conformadas por jóvenes de la oligarquía, que salieron armados a las calles a “matar rotos”.

La llamada “semana roja” de octubre de 1905 demostró que el descontento y la frustración social eran mucho más amplios y profundos de lo que hasta ese momento se había considerado. La prensa, los intelectuales, los estudiantes universitarios y los artistas expresaron de diversas formas su preocupación por lo que entendían que era la incubación de un estallido social, y que las autoridades debían considerar para evitar que se repitieran estos funestos acontecimientos. Sin embargo, ni el gobierno ni la oligarquía demostraron la menor comprensión por lo acontecido; por el contrario, la respuesta fue solo una retórica parlamentaria y se concretó en la puesta en marcha de planes para que el Ejército evitara nuevas protestas. Antes de medio año, la “cuestión social” demostró que con el nuevo siglo cambiarían también las preocupaciones de la clase dirigente.

En febrero de 1906 estalló la llamada huelga general en Antofagasta que, iniciada por los trabajadores que construían el ferrocarril a La Paz en demanda de mejoras salariales, se extendió luego a otros gremios. Las autoridades, empeñadas en que no se repitiera la experiencia de Santiago del año anterior, y de acuerdo con los planes establecidos, solicitaron el apoyo del Ejército y la Marina. Esta última ordenó incluso el envío del moderno crucero Blanco Encalada. Desencadenada la represión, el recuento final dejó casi sesenta muertos y más de quinientos heridos.

Durante el gobierno de Riesco la “cuestión social” quedó instalada como uno de los mayores desafíos que enfrentaba el régimen parlamentario; una clase dominante a veces ciega e insensible hacia estas manifestaciones no era capaz de encontrar los mecanismos de solución. La posibilidad de un levantamiento revolucionario era ya impulsada por unos pequeños sectores de obreros y artesanos.