Gabriela Mistral

Gabriela Mistral

marzo 2019 1 Por Huellas

A fines del siglo XIX…

De repente al pueblo de Vicuña, un poco triste y medio dormido, alguien lo hizo vivir un sueño que fue verdadero. Nadie lo miraba. Tampoco casi nunca, por gusto, lo visitaban. Tal vez por eso se había escondido desde siempre en el Norte Chico de Chile, con el Elqui, su único río, su valle, sus chirimoyas, su pisco, sus alamedas anchas. Porque el Norte Chico, donde vive Vicuña, no se decide a ser árido y seco como el desierto grande, su vecino de más al norte; tampoco es fértil como los valles de la extensa agricultura que comienza en su deslinde más al sur.

No es que las cosas hubiesen cambiado en el pueblo de Vicuña. Porque allí estaban como siempre las casas todas iguales puestas en fila. La plaza mayor atada a su iglesia con santos, velas y flores. Las calles polvorientas por los coches con caballos que de vez en cuando por allí pasaban. Muy poca gente vivía en Vicuña y nunca acontecía nada o casi nada.

Pero el 7 de abril del año 1889 nació allí una niña, Lucila Godoy, conocida más tarde por el mundo con el nombre de Gabriela Mistral.

Vicuña vio la niña crecer, jugar en sus plazas, correr cada mañana por sus calles para llegar a tiempo a la escuela rural. También la veía hacerse de amigas que, jugando a las rondas, anunciaban que “todas iban a ser reinas”.

Pasaron los años. La joven Gabriela decidió ser maestra para enseñar a los demás. A los 18 años daba clases nocturnas a obreros de una escuela campesina del valle de Elqui. No fue fácil su labor profesional: sufrió persecuciones y hostigamientos en el ambiente pedagógico. Que una maestra virgen hablara con tanta soltura, primitivismo y desnudez del amor y de la maternidad, escandalizaba a los que no les gusta salirse de la rutina. Así, Gabriela vivió intensamente los sinsabores y desencantos de las heroicas maestras rurales.

Pero lo que más le gustaba a Gabriela era escribir. Porque ella sabía mirar más allá de las cosas, oír más allá de las palabras. Si desde la ventana de su casa miraba una tarde la puesta de sol, como tantas otras, ella veía las nubes desgranarse dibujando mil figuras poéticas. Las veía pintadas con los últimos colores, de tonos rojos, que lanza el sol antes de partir y dejar a la noche en su reemplazo. Todo eso le servía para componer sus versos.

La poesía de Gabriela es íntima y sencilla como fue su vida. Trabajaba mucho en sus versos. Buscaba con paciencia las palabras que mejor expresaran lo que ella pensaba, en un leguaje labrado, claro y sosegado. Tenía ella la gracia dura y escondida de la raza chilena. Era una mujer de paz, alta, grande, que “vestía saya parda y no enjoyaba sus manos”.

En su poesía habla, a veces, de la naturaleza avara que la rodeaba, de la tierra dura y seca, donde ella vivía, porque la lluvia llega poco a ese lugar. Gabriela canta en su poesía a las pobres parras que dan la uva para hacer el aguardiente y el pisco. Cómo tienen que hacer milagros para brotar y crecer cada año, compensando el poco riego que reciben y la fuerza el sol sin nubes, que pega fuerte en esa región nortina.

Gabriela todo lo transformaba en poesía. Los niños de la escuela, donde ella enseñaba, se convirtieron en los personajes de “Piececitos de niños azulosos de frío, cómo os ven y no os cubren, Dios mío”. Ella era fiel amadora sosegada de todos los pobres de la tierra. Escribió versos trágicos como sus Sonetos de la Muerte, premiados en los Juegos Florales. Porque era humilde y no tenía recursos, no recibió personalmente ese premio y otro leyó sus poesías, que todos aplaudieron. Escribió Desolación y Tala, que significa cortarlo todo de raíz. La leyenda sobre su amor suicida explicaba el misterio de sus versos y el drama que la consumía.

“Él pasó con otra;
yo le vi pasar.
Siempre dulce el viento
y el camino en paz.
¡Y estos ojos míseros
le vieron pasar!…”

Pero también escribió versos a la Ternura y a la VIDA DE SAN FRANCISCO DE ASÍS, el hermano del agua y el amigo de todos. Gabriela, poco a poco, evolucionó hacia una religiosidad dogmática, hacia un catolicismo integral. Hasta a las puertas les supo hacer poesía: “Dicen NO al viento marino que su frente palmotea y al olor de pinos nuevos que viene por la Sierra. NO, dicen a las mañanas. ¿Por qué fue que las hicimos para ser sus prisioneras?”

Gabriela, a pesar de que era callada y muy introvertida, porque no le gustaba contar a nadie lo que le pasaba o lo que sentía ni mostrar lo que escribía, se desahogaba escribiendo cartas literarias y sentimentales, que la hicieron ser conocida y admirada por mucha gente.

Cuando le dieron la oportunidad de conocer otras tierras, partió con su poesía a cuestas, con el título de cónsul de Chile, donde ella quisiera. Así fue como se instaló en diversos países del mundo representando a su patria y tejiendo sus versos. Vivió en Brasil, Estados Unidos e Italia. En México, una vez, fue homenajeada con un desfile de cinco mil niños que cantaban sus rondas, y Gabriela emocionada los vio pasar desde una colina. Poco a poco sus versos comenzaron a hablar muchos idiomas, a acomodarse en muchos libros y a entrar en muchas bibliotecas del mundo.

Su producción mantuvo siempre una estrecha relación con sus viajes. De hecho, Gabriela no publicó la mayoría de sus trabajos en su país sino en el extranjero. Así Desolación (1922), cuyo contenido se asocia a su desdichada relación con Romelio Urieta (un novio que tuvo en su adolescencia) y cuyo tema principal gira en torno a la maternidad frustrada, fue publicado en México. Los temas que aparecen en este libro giran en torno a la frustración amorosa, al dolor por la pérdida, la muerte, la infidelidad, la maternidad y el amor filial. Después de muchos otros viajes por Europa, Estados Unidos y Centroamérica, llegó a Buenos Aires, donde publicó Tala (1938), considerada una de sus obras más importantes, y con la que sorprendió a la crítica a través de 64 poemas, donde presentó una línea de expresión neorrealista que afirma valores del indigenismo, del americanismo y de las materias y esencias fundamentales del mundo. En esta obra se produce una evolución temática y formal definitiva. En 1954 publica en Chile Lagar, acaso la más importante y también la última obra que dio a conocer en vida.

Pero veamos cómo, una vez, Gabriela fue “coronada”. Existe un premio en el mundo para el que escribe los mejor en verso, en prosa, en cuento o en novela. Par el que inventa o descubre algo deslumbrante que medicina, física o química. Para el que lucha por construir la paz en la Tierra… El señor Nobel se había hecho inmensamente rico con su invento de la dinamita que todo lo destruye. Arrepentido con lo que provocó su descubrimiento, dejó en herencia su fortuna para premiar todos los años a personas muy singulares, creativas y valerosas de la Tierra.

Y así ese Premio Nobel de Literatura del año 1945 lo recibió Gabriela Mistral, de manos del rey Gustavo V de Suecia. Fue, entonces, la primera latinoamericana coronada como artesana de las palabras que dijo, al recibir el premio “La victoria no es mía, sino de América”. Más tarde, en Chile recibió en 1951 el Premio Nacional de Literatura.

No obstante sus andanzas por el mundo, ella siempre quiso volver a Chile y mirar de nuevo su querido pueblo de Vicuña, que nunca dejó de esperarla. Cuando llegó a su patria por Valparaíso, los chilenos la recibieron con banderas, aplausos, flores y cariño. Pero ella estaba inquieta por volver a su ciudad natal, que siempre llevó en el corazón. Por fin llegó a Vicuña al anochecer. Ella lo cuenta así: “Llegué cuando la noche ya había deshecho las montañas y el ganado se había perdido en la oscuridad […] Cuando el sol había regresado a su fragua y todo el mundo parecía que había huido. Cuando se había borrado el huerto, la granja se había sumergido y la cordillera había desaparecido con su cumbre y su grito vivo. Cuando las criaturas habían resbalado hacia el olvido y todo se había ido hacia la noche.”

A la mañana siguiente, Vicuña amaneció vestida de fiesta para saludar a Gabriela. Parecía que, por un día, ella había sacado a todo su pueblo a bailar.

Tiempo después, estando en Long Island, Estados Unidos, cargada de años y sabiduría, sintió que “ya me llamaba el que es mi Dueño” y partió de este mundo dejándonos de regalo su poesía inmortal. Murió en el Hospital de Hempstead el 10 de enero de 1957. Por deseo de la propia Mistral, sus restos fueron trasladados a Chile y fue enterrada en Montegrande: dejaba tras de sí algunas obras inéditas, para su publicación póstuma.

Esta es mi región

“Esta es mi región, y lo digo con particular mimo, porque soy, como ustedes, una regionalista de mirada y de entendimiento, una enamorada de la “patria chiquita”, que sirve y aúpa a la grande. En geografía como en amor, el que no ama minuciosamente, virtud a virtud y facción a facción, el atolondrado, que suele ser vanidosillo, que mira conjuntos kilométricos y no conoce y saborea detalles, ni ve, ni entiende, ni ama tampoco. […] En mi valle el hombre tomaba sobre sí la mina, porque la montaña nos cerca de todos lados y no hay modo de desentenderse de ella; la mujer labraba en el valle. Antes de los feminismos de asamblea y de reformas legales, 50 años antes, nosotros hemos tenido allá en unos tajos de la Cordillera el trabajo de la mujer hecho costumbre. He visto de niña regar a las mujeres a la medianoche, en nuestras lunas claras, la viña y el huerto frutal; las he visto hacer totalmente la vendimia; he trabajado con ellas en la llamada “pela del durazno”, con anterioridad a la máquina deshuesadora; he hecho, sus arropes, sus uvates y sus infinitos dulces llevados de la bonita industria familiar española.”

En Recados contando a Chile (Editado en 1957).