El Trauco

Parte clave de la mitología chilota y ampliamente conocido en todo el sur chileno, el Trauco o enano de los bosques.


Es un pigmeo de no más de 80 centímetros de altura, del que existen muchas descripciones, incluso algunas contradictorias. Se puede resumir en que es deforme, está en estado salvaje, tiene una piel gruesa, arrugada y cabello duro y erizado. Sus pies no tienen talones, asemejándose a unos muñones, aunque otros relatos hablan de una largas y afiladas garras en manos y pies.

En Chiloé, se le representa como un brujo que provoca enfermedades o como un duende maligno y deforme, de aspecto terrorífico, con un gran desarrollo muscular y bastante fuerza física. Donde no hay dudas es en su vestimenta, el Trauco utiliza quilineja y, en menor medida, Boqui, plantas con las cuales confecciona un poncho, un sombrero en forma de cono y un pantalón. Vaga por los bosques acompañado de un bastón de madera de pahueldún y una pequeña hacha de piedra con la que derriba de tres golpes a grandes y añosos árboles. Amante de la naturaleza, es normal que contemple atardeceres.

Dentro de sus poderes sobrenaturales está su potente mirada, la que provoca deformaciones en el observado (a la distancia, incluso) o la muerte, que puede ser inmediata o, a más tardar, puede ocurrir en un año.

Hay quienes afirman que el Trauco solo les hace daño a los hombres y a los niños, provocándoles «enlesamientos» («brujerías», en Chiloé), tales como jorobas, parálisis faciales, reumatismo y calambres, entre otros males. Si se tiene el infortunio de soñar con él, de 25 males se enfermará la persona. Y si alguien tropieza con sus deposiciones (que son amarillas, gelatinosas y sin olor) muere rápidamente; si lo ha hecho en la entrada de una casa, ésta será abandonada antes de un año.

Seductor impenitente

El Trauco es un declarado enemigo de hombres y niños, pero adora a las mujeres y, por sobre todo, a las hermosas, jóvenes y vírgenes. Es tremendamente obsceno y tiene poderes mágicos de seducción. Es dueño de un apetito sexual sin límites, y cuando más disfruta de las relaciones íntimas es cuando logra desflorar a una joven virgen y también se comenta que su potencia sexual no tiene paralelo con ningún otro hombre del mundo.

Para embaucar a sus elegidas, utiliza varios métodos: uno consiste en seguirlas y acecharlas para atraerlas hacia el bosque profundo. Luego, las adormece y las hace caer en sus brazos. Otra modalidad de seducción consiste en soplarles su aliento, para llevarlas a un trance placentero.

También sucede que el Trauco provoca sueños eróticos en las mujeres, a las que visita transformado en un joven apuesto o en un religioso. Martes y Viernes es cuando sale a realizar sus maldades.

Existen varios conjuros para lograr frenar al Trauco. Si se busca es acabar con él, lo que hay que hacer es mirarlo antes de que él ponga su mirada en la víctima. Si el objetivo es alejarlo, insultarlo es una buena idea. Hay ciertos sobrenombres que no le agradan («Fiura» o «Pompón del Monte») y que, al gritárselos, se ofende y se va.

Para contrarrestar el efecto de sus deposiciones, basta con usar un escapulario que tenga en ambos lados dos carbones, dos pares de ojos y dos barbas de cabro y, finalmente, para sacarse su mirada asesina, es necesario pasar por mucho humo y orinar en un fogón.

La Trauca

Tiene menos fama que su compañero, pero hay varios registros de posesiones de hombres por la versión femenina del «enano maldito», la Trauca. Su método es bastante parecido al del Trauco: hace respirar su aliento a las víctimas, quienes entran rápidamente en un sueño profundo y libidinoso, el que aprovecha para apoderarse de sus voluntades.

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